viernes, 19 de septiembre de 2025

La sensibilidad es un proceso después del EMDR

Un día después de mi primera sesión de EMDR, me había informado sobre esto antes de iniciar este nuevo viaje de sanación, pero no pensé que me iba a dejar tan sensible incluso los días siguientes. Ayer, 18 de septiembre, estuve muy sensible, tanto que lloraba por haber vuelto a desbloquear aquel primer suceso traumático de mi vida. Lloré por recuerdos que se empiezan a desbloquearse nuevamente, y empiezo a ver el patrón de cada uno de ellos: lo que ocurre antes, en el suceso y después.

De verdad, esto me asusta, porque solo ha pasado un día y ya veo cosas que pensé que vería más tarde. No sé si estoy preparada para volver a revivir lo que tanto tiempo llevo ocultando, convenciéndome de que no pasó... como tantas veces me han dicho.

Una mañana difícil

Ayer por la mañana me tocaba entrenamiento, como cada martes y jueves. Luego, mi idea era quedarme a trabajar en el mismo centro. Durante mi entrenamiento me desbordé. Se me juntaron muchas cosas; el dolor de mis piernas no ayuda (tengo fascitis plantar desde hace tiempo, además de otras cosas), y el dolor es increíblemente fuerte. Y aunque me duela reconocerlo, algunas posturas evito hacerlas en el entrenamiento porque se me desbloquean sucesos del pasado que todavía no puedo enfrentar. Así que me ahogo en el silencio, y como estoy en un momento de desbordamiento, rompí a llorar. Me da mucha vergüenza y rabia porque sé que rompo el "buen rollo del lugar", pero no puedo dejar de llorar aunque quiera. No sé si mis compañeros ya me han puesto un mote, pero deben de pensar que soy la llorona del grupo. Por suerte, nadie me hace bromas al respecto, y lo agradezco.

Al final no pude ni hacer un entrenamiento normal, aunque mis entrenamientos tampoco son muy normales que digamos. Me desbordé más de una vez, lloré y lloré muchas veces, haciendo que se sintiera la incomodidad de ese silencio donde solo se me escuchaba llorar, mientras mi entrenadora me hablaba e intentaba distraerme. La verdad es que el aura que desprende, la luz de su interior, hacía que mis lágrimas fueran disminuyendo. El dolor que tenía en mis piernas tampoco me ayudaba; de hecho, llegué a marearme en varias ocasiones. Incluso se ofrecieron a llevarme a casa, y sí, lloré por su buen gesto. Sabía que me tocaría volver andando, y se ofreció, y me rompí por su buen gesto.

Mi nueva familia

Mi jefe también comparte ese aura, es verlo y brilla, aunque no me diga nada. Se porta muy bien conmigo, es como si fuera un ángel. Me devolvió la confianza en mí misma por contratarme a pesar de todo... y siempre estaré agradecida. Por suerte, sabe mi historial médico, y eso me tranquiliza.

Me siento agradecida por mi nueva familia, por fin siento que soy parte de algo y que me quieren y quieren que siga siendo parte de esa familia.

El camino a casa

Volviendo a casa, lloré por el dolor extremo. Para ser sincera, me costó muchísimo llegar. Por la tarde tenía fisio en el mismo centro, una compañera nueva, y era raro porque era compañera y clienta a la vez. El caso es que la coroné como otro ángel, ¡qué luz más angelical, por Dios, y qué manos! Sentí tanta felicidad al ver que me había descontracturado tanto el gemelo, que me pude poner de pie sin apoyarme en las muletas, toda la planta del pie, incluso el tobillo. Y sí, volví a llorar, y ella conmigo. Ambas nos emocionamos. No me duró mucho, porque a medio camino el dolor me volvió, y tuve que sentarme en un banco cerca de mi casa, donde me rompí a llorar de nuevo. Tanto lloré que se me acercaron unos perritos que adoro, me derriten el corazón cada vez que los veo en el parque. Son cuatro perritos yorkshire terrier, súper adorables. Mis cuatro angelitos, de verdad.

Ayer por fin tuve el valor de decirle a Begoña (la cuidadora de esos angelitos peludos) y de preguntarle cómo se llamaban y quién era quién. Y mis angelitos son: Kitty, Eli, Cuqui y Boby.

No puedo expresar la felicidad que sentí al sentir que Kitty (de 16 añitos) me pedía mimos, y yo, feliz, ¡pero feliz! Me pasé más de una hora sentada en ese banco medio llorando y derretida entre lágrimas con ellos. Y hablando con Begoña, claro.


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